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LA TRANSCENDENCIA DE LA ESTABILIDAD AMBIENTAL EN LA PERSONA MAYOR.

 

Iº.- INTRODUCCIÓN.

Indubitadamente el transcurso del tiempo afecta de manera fundamental a cualquier organismo vivo u objeto en sus capacidades y en sus posibilidades. En unos casos ello se produce de una manera paulatina y lenta y en otros radical y rápida; pero siempre con un efecto similar, el de la modificación estructural y potencial del objeto o del organismo y de ello depende, en muchos casos, la movilidad, la actividad o la propia esencia variable del mismo.

Concretamente en los humanos, la vida viene concebida como una sucesión de fases temporales que van desde la infancia o la pubertad o la dependencia o la vejez. Cada una de ella significa muy importantes modificaciones en cuanto a la propia persona. Aunque la vida es única, ésta se ve sometida a cambios tan profundos y radicales que producen que nada tengan que ver las capacidades, posibilidades u opciones de cada uno de nosotros en diferentes etapas. Se suele afirmar, con escaso fundamento, que la juventud, constituye la plétora de la trayectoria vital. Lo que es evidente que la infancia y la vejez son las etapas en las que se sitúa el mas notable aminoramiento de las aptitudes de la persona. En definitiva, lo nos interesa constatar es que la “vida”, sea cual sea su definición, puede ser concebida como la sucesión de múltiples fases o periodos y que, consustancialmente, se constituye como una progresión escalonada, hacia arriba o hacia abajo, de cada uno de nosotros. Adelantemos que, en concreto, ahora vamos a situar nuestro discurso en la mal llamada vejez o tercera edad y que, en realidad, no es mas que la postrera etapa del recorrido de la vida.

Otro aspecto es que la experiencia vital de los humanos se desarrolla genéricamente en un ámbito social y específicamente en un ámbito familiar. Lo usual, casi obligatorio, es que cada uno de nosotros nazcamos en una familia y dentro de ella evolucionemos hasta la etapa juvenil en la que, a su vez, buscamos vínculos con los que formar otra familia, permanente e indisoluble o circunstancial y sustituible. En efecto, en la etapa de la mal llamada “plenitud de la vida”, la juventud, todos somos especialmente aptos para relacionarnos hasta encontrar a alguien con quien formar una nueva y propia familia y provocar, en ella, una nueva generación, que repetirá el ciclo y que conformará la pervivencia de la especie humana. El caso es que, como hemos dicho líneas mas arriba, pasada cierta edad, con mucha frecuencia, sobre los 40 años, se limitan nuestras aptitudes de relación y es relativamente poco frecuente que se generen nuevas familias. El caso, lógico natural y casi obligado, es que la familia previa, la de los primigenios padres, se vea, entonces, limitada al núcleo central de la madre y del padre que, con el paso de los años quedan, en cierta medida aislados a una normal y feliz convivencia en la los hijos les asisten de una manera mas o menos intensa, mas o menos esporádica y mas o menos próxima ya que, ineludiblemente, deben de ocuparse de su propio núcleo familiar. Los padres envejecen y alcanzarán el status de Personas Mayores.

Insistamos nuevamente en que otra de las consecuencias del transcurso del tiempo es que, muchas veces, la persona padece una importante limitación en su capacidad de adquirir nuevos contactos personales, generar diferentes relaciones sociales o bien se aferra, casi imperativamente, a los ya existentes y busca su estabilidad convivencial en el tiempo. Es por ello por lo que la modificación o anulación de los vínculos precedentes y subsistentes, creados anteriormente,  adquieren un muy importante valor, que suele apreciarse por la comunidad en la que se maneja la persona mayor, en una diversidad demasiado voluble de su genuina eficacia.

Cuando se alcanza la genérica situación de la “jubilación”, los hijos vienen a suplir, frecuentemente, las carencias sociales de sus padres, acogiéndolos temporalmente en sus ámbitos familiares sobre todo si se ha producido la muerte de alguno de los ya “abuelos”. Si han tenido varios hijos es usual que, por determinados espacios de tiempo, cada uno de ellos se encargue del cuidado del supérstite. Otra posibilidad habitual, sobre todo si la edad ha hecho mella en las condiciones físicas o mentales del mismo es que sean internados en las llamadas Residencias Geriátricas para su cuidado y atención, por profesionles.

Precisamente de lo dicho en los dos párrafos anteriores es de lo que vamos a tratar en estas líneas.

 

IIº.- LA PERSONA MAYOR Y SU ÁMBITO DE CONVIVENCIA.

La convivencia se configura como la necesaria condición de relacionarse con otras personas mediante vínculos de conexión y de comunicación estables fundamentados en el recíproco respecto que acaba generando la posibilidad de gestionar y de afrontar positivamente la mayoría de nuestras situaciones vitales.

Debemos entender por ámbito de convivencia de la persona mayor la estructura de relaciones personales y sociales que se perpetúan cuando se ha alcanzado ya una edad importante, tal y como hemos adelantado y que escuetamente puede ser;

 

a)     En estancias rotatorias con cada uno de sus hijos o descendientes o el resto e la familia.

b)    En internamientos, permanentes o temporales, en Residencias o Centros Geriátricos o bien,

c)     En una nada positiva vida solitaria, en una vivienda particular, casi siempre, con el genérico auxilio de los llamados Servicios Sociales.

 

Es fácil advertir, en cualquiera de las tres hipótesis expuestas, que alguna de la características principales de este “ámbito de convivencia de la Persona Mayor” es el de su fragilidad, de su inestabilidad, de su artificialidad, de su provisionalidad… En efecto, debemos de tener muy en cuenta que el descrito menoscabo de la capacidad de la Persona Mayor para consolidar nuevos vínculos afectivos o de confianza viene a provocarle cierta dependencia familiar o de cuidadores privados o públicos. Esto es un elemento poco evaluado y que, considero, de un valor extraordinario dado que, al resultarle difícil adquirir nuevos contactos sociales que le proporcionen sus propias actitudes y conductas libérrimos ámbitos convivenciales, puede provocarle cierto padecimiento al no sentirse completamente satisfecho, integrado o feliz en sus novedosos ámbitos  vitales (familiares, geriátricos o solitarios) si estos no se articulan correctamente.

Como decíamos, no podemos desviar la mirada ante algo tan frecuente;

 

A)                                que los propios familiares se turnen periódicamente en la convivencia con la persona mayor dependiente, deteriorando, tal vez, con cada cambio convivencial su necesario arraigo, como base de la Personalidad siempre necesariamente de carácter estable.

B)                                  o bien que el personal sanitario geriátrico, público o privado, cambie temporal e inopinadamente.

 

Concluyendo; todo ámbito de convivencia no puede verse sometido de forma arbitraria o inmeditada a fluctuaciones o inopinados y eludibles cambios en sus estructuras. Y es que, en muchos aspectos, estabilidad y ámbito vital, son sinónimos. Retornando al inicio del presente discurso debemos de entender que la convivencia el uno de los elementos, junto con la salud, por ejemplo, más culminante para la obtención de la felicidad íntima y social.

La convivencia se configura mediante los vínculos de comunicación, complicidad, soporte o relación que cada persona ha elegido libremente. Esta convivencia, en realidad, al conjuntarse con otras y se transforma en la comunidad vital imprescindible para el desarrollo de cada de uno de nosotros y tiene que contener elementos tales como:

a)     la estabilidad,

b)    el respeto,

c)     la solidaridad,

d)    la tolerancia,

e)     el afecto o

f)      el perdón, entre otros…

Para que se genere un adecuado ámbito de convivencia personal resultan necesarias;

 1º.- tanto la libertad propia como el respeto de la libertad ajena, dentro del apoyo, mas o menos estables otros,

2º.- la estabilidad de la misma, sin modificaciones inopinadas.

La vejez bien podría definirse así como un sincero y pacífico pacto libre entre una Persona Mayor y una estructura vital basada en una convivencia estable y respetada.

  

IIIº.- LA PROTECCION FRENTE A LAS “PERDIDAS” COMO UN DERECHO DE LAS PERSONAS MAYORES EN EL ÁMBITO DE SUS RELACIONES PERSONALES.

En el ámbito que vamos a tratar, genéricamente, debemos entender por “pérdida” la repentina carencia de alguna opción, expectativa, derecho subjetivo u objetivo (reconocido o no expresamente por la Ley) de las capacidades, bienes o comodidades de una persona; puede ser desde la privación de posibilidades de intervención en la toma de decisiones que afectan a la estabilidad emocional o puede traducirse, simplemente, en la prohibición de conservación de algún objeto material querido.

Sea como sea y pese a su amplitud, lo importante es que cada una de las sucesivas pérdidas que sufrimos durante nuestras vidas constituye una aflicción o un dolor que acarrea la consiguiente sensación de soledad y aislamiento y que, además, el individuo puede llegar a no superar satisfactoriamente o con la consecuencia de cierto dolor.

Dentro de este concepto cabe entender que los objetos, las condiciones, los modos  o las personas que nos han acompañado en nuestro devenir vital van desapareciendo o mutándose de forma radical lo que provoca en el sujeto pasivo, aquí nos referimos a la Persona de Edad Avanzada, una situación subjetiva y objetiva de cierto abandono, de determinada soledad o de novedosas imposibilidades. La pérdida puede referirse, por ejemplo, a la vieja casa en que naciera, a las relaciones vecinales, los roles mutuos de convivencia o las cambiantes pautas de educación… O, evidentemente, también, a los propios familiares, que van muriendo, junto con los amigos que configuraron sus relaciones sociales. O pudiera ser una merma en sus posibilidades de comunicación, compresión o independencia. Respecto a esto último, en realidad todos y en todas las etapas de nuestra vida estamos preparados para asumir concretamente la pérdida de seres queridos o próximos. Pero, ¿qué pasa si se produce una pérdida que se traduce como un “abandono incomprensible”?

En definitiva, las “pérdidas” tienen que entenderse como una natural consecuencia del devastador efecto del paso del tiempo en la vertiente de que genera una vulnerabilidad. En cierto modo “hacerse viejo” es acumular pérdidas, quedando inútil ante un nuevo artefacto, una insólita conducta socialmente admitida o sin la posibilidad de compartir vivencias con otros. La sociedad se vuelve laberíntica, las maquinarias tan inútiles como inmanejables y las compañías son retazos del conjunto en que alguna vez se configuraron. Y una de las grandes condiciones de la Persona Mayor es la de asumir o adaptarse a las pérdidas sin mayor sufrimiento; o sin clamorosa exteriorización del mismo.

Dicho lo anterior y como ya hemos visto anteriormente podemos diferenciar tipos bien separados de ámbitos convivenciales de la Persona Mayor;

-         los que residen en una Centro Geriátrico y

-         los que conviven en su primitivo ámbito familiar.

Conviene examinarlos por separado en lo que se refiere a su relación con el previmente analizado concepto de “pérdida”.

 Una cuestión ineludible, en el caso de la medicina geriátrica, es que fácilmente deduciremos que las circunstancias del tratamiento médico –físico y psicológico- de la Persona Mayor no las adquiere el Doctor mas que con un transcurso de tiempo y se plasma en la cotidianeidad necesaria para generar una estabilidad emocional imprescindible entre cuidador y cuidado. Frente a esto, nos encontramos con una contundente realidad de la Sociedad actual que se traduce en algo evidente; la Administración encargada de la persona de edad avanzada desconoce el grave daño que puede causa a éste con los excesivamente frecuentes cambios de los responsables médicos o asistentes del mismo; por ejemplo, la constante movilidad laboral de los profesionales médicos es una realidad tan conocida como habitual, frecuente y lamentable. Y también se traduce en algo no tan patente o evidente como es que el mismo cambio del personal sanitario que atiende a la Persona Mayor genera en éste una incertidumbre, una perplejidad, una desconfianza o un disgusto que nadie parece querer valorar en toda su intensidad. El anciano habrá de repetir a un desconocido todos sus vergonzantes deterioros físicos y mentales; habrá de desnudarse y dejarse bañar por un absoluto desconocido que, tal vez, ni le pida permiso para ello, habrá de realizar ejercicios de fisioterapia, con un potente contacto físico, en manos de alguien que nadie le ha presentado… Esos cambios, por citar tres ejemplos, son tres pérdidas irreparables y frecuentemente dolorosas tal y como deducimos de los ejemplos reseñados y que acarrean graves consecuencias en la calidad de la atención médica que recibe la persona de edad avanzada, sin que no queramos reparar, normativa o deontológicamente, adecuadamente en ello pese a la mucha frecuencia con que sucede. En realidad; ¿frecuencia o habitualidad?

En lo que respecta al ámbito familiar, podríamos examinar como paradigma el caso de los hijos de una persona que padece la enfermedad de Alzheimer que nunca llegan a ser conscientes de que el cambio permanente de residencia o de especio vital de su progenitor le provoca una alto grado de ansiedad, inseguridad o, simplemente, indeseada molestia, en mayor o menor medida, que finalmente deteriorará su capacidad cognitiva y su calidad vital. Como el conjunto de hijos lo ignora, ocurre que no dudan en ir transfiriendo por espacios temporales la convivencia de su progenitor entre los diferentes hermanos; cambiándoles de compañías, lugares, hábitos y actitudes y sin darse cuenta que ello puede no ser apreciado o entendido como algo lógico o necesario por el ascendiente, que muchas veces no llega a entender el por qué las causas de su movilidad ambiental y qué baremos rigen su lógica; que es la de la conveniencia filial, demasiado a menudo.

Con los dos ejemplos citados, que pueden ser encuadrados dentro del concepto, tan ignorado como sangrante, de “pérdida”, deberíamos cambiar radicalmente la óptica y la valoración y entender que tanto la estabilidad personal en la atención médica como en el ámbito de convivencia deberían considerarse como un Derecho Esencial de la Persona Mayor, en el que nadie llega a reparar y que, incluso, nadie se atreve (o incluso concibe) que sea algo perturbador de la buena calidad de vida de la Persona Mayor.

No pretende ser este un texto de contenido legal sino simplemente de análisis de la gravedad  y de la Transcendencia de la Estabilidad Ambiental de la Persona Mayor, que parece ser ignorada tanto desde los ámbitos familiares, sociales, legales o de nuestras normas y reglas de convivencia. La llamada “Ley dela Dependencia” no llega cubrir esta laguna, ni incluso a advertirla en su gravedad. Aquí, simplemente, se trata de hacer una llamada de atención sobre el hecho, dejar  también una duda, un tema de meditación abierto y dejar abierto, si hace falta, un debate sobre el desconocimiento, la ignorancia detectada sobre el Derecho de la Persona Mayor a una correcta estabilidad de sus vínculos personales o del poco reconocido concepto de “pérdida” o, al menos, se hace de forma radicalmente estéril y poco eficaz.

El centro de la cuestión, en realidad, se bien se podría situar en conceptos jurídicos que vemos muy claramente desarrollados en las edades tempranas, en las que se regula minuciosamente la guarda, custodia, compañía, escolarización y en los que existe diferentes organismos y mecanismos legales que velan por la estabilidad emocional del niño en los primeros años de la vida. Pero… ¿qué ocurre con el Mayor de Edad?. Pues un lamentable olvido, un indeseado menosprecio o bien una desidia que la ciudadanía consciente debiera frenar.

La pregunta es ¿por qué no equiparamos al menor y al mayor en la defensa de sus desvalidos Derechos Cívicos?

 

IVº.- LA TRANSCENDENCIA REAL DE LA ESTABILIDAD CONVIVENCIAL.

Insistimos en que una de las características esenciales de quien alcanza edades avanzadas es la de que sufre diversas y variopintas pérdidas en sus personas o condicionamientos cotidianos, queridos o apreciados; habitualmente estos se caracterizan como los mas significativos los que suceden entre los miembros de la familia y los amigos.

Mientras a los 30 años es muy fácil asumir un cambio de residencia puede ser, y es cierto, que el deterioro físico y mental, que se produce con el avance de los años haga que la comprensión del nuevo espacio vital se magnifique de forma cuantitativa e importante al que la parece, pues;

 

a)                               carece de las herramientas psicológicas de socialización que se observan en la persona mas joven, que recompongan o sustituyan lo que se pierde.

b)                              carece, muy frecuentemente, de la posibilidad de entender (y por ello de asumir satisfactoriamente) las últimas razones de estas “perdidas”.

c)                               lamentablemente, es demasiado frecuente que nadie ocupe un minuto de su tiempo a explicarle las motivación que provoca la mutación de la convivencia familiar con uno o con otro hijo o bien el del médico o la enfermera que habitualmente le atiende en el Centro Geriátrico en el que reside.

Y ello es un malicioso conjunto de elementos que pueden asociarse creando un brutal confusionismo, dolor al fin y al cabo, en la Persona Mayor, ante la pasividad e indolencia general.

 En efecto, como sucede en todas las etapas vitales, la persona mayor necesita de relaciones interpersonales para sustentar su vida emocional. El cambio más patente en las relaciones de la persona de avanzada edad con sus allegados se traduce en la imposibilidad de su tendencia a volver a ejecutar formas de conducta y relación que adoptara cotidianamente en etapas vitales anteriores.

Por ello ni es inocuo ni baladí que, con frecuencia, la persona de edad adjudique el papel de padres sustitutos a los miembros importantes de la familia o a otros, en particular a los médicos. Decían Rosen y Neugarten, en 1960, que “…es necesaria cierta flexibilidad para tener buenas relaciones de objeto, cuya amplitud está limitada por los cambios de la personalidad que conlleva el envejecimiento…”.

Otra cita; en el muy interesante texto “Psicología Normal de la Vejez”, de N. E. Zinberg y I. Kaufman se afirma que “…el médico puede desempeñar un papel decisivo en cuanto a elevar al máximo el buen funcionamiento del anciano. En todas las personas, por supuesto, el funcionamiento total depende de la relación entre el bienestar físico y psíquico; pero este equilibrio es infinitamente más precario en el anciano, por lo cual el clínico general tiene cada vez más conciencia de la responsabilidad que esto constituye para él. Las dolencias físicas relativamente menores que para el paciente joven podrían carecer de importancia, hay que tratarlas en el anciano de manera de no alterar la homeostasis y que no aparezca una regresión… …Los problemas que afronta el geriatra son muchos y, entre éstos, el principal es el de la comunicación. Como ya hemos señalado, los caracteres permanentes de la personalidad tienden a acentuarse y a ser menos posibles de control. La persona taciturna o locuaz es propensa a serlo aun más, Y los problemas de control, dominio y sometimiento son comunes y afectan muchísimo la relación médico-paciente…”.

Otra vertiente sería la del demasiado frecuente cambio de compañeros de módulo residencial en los Geriátricos. Sucede, en la práctica diaria, y sin ninguna discrepancia notable, que una Persona Mayor, por motivos de funcionamiento o economicista un mes resida en la segunda planta de una Geriátrico y al mes siguiente sea traslado a otro piso u otro módulo, destrozando los vínculos que haya podido generar anteriormente y obligando a un eterno renacimiento de su status vivencial y, también, sin duda alguna, de su Dignidad como persona.

E insistimos, finalmente, en los que se producen tan inconsecuentemente dentro del propio ámbito familiar, normalmente paterno-filial ya que, hasta puede parecer, que este permanente vaivén de una casa a otra o de un ámbito a otro se asume hasta con bochornoso orgullo por el que inicia la acogida de su progenitor, que en nada repara en que puede estar generando una posible perplejidad o un íntimo y secreto dolor.

Lo que con mas insistencia debemos destacar es que la incapacidad o el deterioro de la Persona Mayor para adquirir nuevos contactos o vínculos afectivos la “estabilidad convivencial” tiene una trascendencia y un valor mucho mas importante de lo que nos pudiera parecer a primera vista. Un valor excepcional si se quiere evitar un estado permanente o una situación puntual de ansiedad que causa daño fisiológico, deterioro mental y dolor emocional, sin duda alguna.

 

Vº.-  CONCLUSIONES.

Queremos finalizar esta breves líneas no con un ingenuo alarde de propuestas concretas sino con una muy simple llamada de atención sobre el respeto a la estabilidad emocional de la Persona Mayor que, en mayor o menor medida, es un tema que, muchas veces, objetivamente se desconoce en la sociedad actual, como uno de los pilares de la buena y justa convivencia de todos sus miembros mas o menos activos o mas o menos dependientes.

En efecto, parece que los hijos que se van turnando en la acogida y el cuidado de sus progenitores mayores cumplen una solidaria labor ignorándose o despreciando que esos continuos y cíclicos cambios de ámbito familiar pueden provocar un daño en la salud cognitiva (en la mental, al fin y al cabo) del padre que es trasladado de casa a casa con una explicación o con un razonamiento que el “sujeto pasivo del traslado” no llega a comprender o bien, simplemente, le perjudica y agrava los males del paso de los años. Y, en paralelo se puede decir lo mismo del régimen interno de demasiados Centros de Atención Geriátrica, con una displicente movilidad laboral o unos criterios formalistas y nada humanos para la designación de los compañeros que han de soportar los últimos años de su vida, impidiéndole crear fructíferas y permanentes amistades, complicidades y compañías.

En definitiva creemos que hay que promover una concienciación social sobre lo expuesto e incluso generar, legislativamente, un Estatuto de los Derechos de la Persona Mayor que prevengan y eviten los perjuicios descritos en estas breves líneas que, entre todos, causamos a nuestros mayores, por ejemplo.

 

 

RAMÓN MACIÁ GÓMEZ

Magistrado Jubilado

ramonmacia@ramonmacia.com

www.ramonmacia.com

Abril de 2013

 

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