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EL LENGUAJE COMO HERRAMIENTA DE DISCRIMINACIÓN POR RAZÓN DE SEXO.

 

INTRODUCCIÓN.- LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES Y SU TERMINOLOGÍA.

Recordemos que pertenecemos a una especie animal denominada “homo sapiens” y que la violencia contra la mujer se configura, muy habitualmente, como una “violencia de género” (concepto que, luego, trataremos), o bien podemos repetir ese aforismos que dice que “detrás de cada gran hombre hay una gran mujer” o el vergonzante reparto de los puestos decisivos en el gobierno del género humano, en todos sus aspectos.

No, no son casualidades, como vamos a ver la violencia contra las mujeres tiene uno de sus soportes fundamentales en el confuso lenguaje que se utiliza para referirse a la misma; y es que lo que no tiene nombre tampoco tiene realidad. Así veremos que la “liberación de la mujer” se configura como una conquista y no como un Derecho, o que la igualdad de sexos no es más que la equiparación de los derechos femeninos a los que ya posee el hombre, sin que nadie se plantee, seriamente, proceder, como paso previo, a una limitación de los derechos de los actuales derechos masculinos, en las esfera del poder político o económico...

Un ejemplo; recordemos que, ya desde el Derecho Romano, se acuñó el término uxoricidio como categoría delictiva sutilmente diferenciada del asesinato o del homicidio. Un segundo ejemplo;  resulta tan sorprendente como poco aleccionador que en la “Declaration of the Thirteen United States of America” de 1776 no se mencione, ni una sola vez, las palabras “woman” o “women” y que en la “Déclaration des Droits de l'Homme et du Citoyen” de 1789 tampoco aparezcan los términos “femme” o “femmes”, si bien, por el contrario, en la “Declaración Universal de Derechos Humanos”, de 1948 sí que aparezca dos veces el término “mujeres”, con la curiosidad de que, en ambos casos, se dice, literalmente, “hombres y mujeres”.

Y es que, todos lo sabemos, existen a nivel de diferencia de sueldos, de convalidación social de los comportamientos diferenciales o de algo tan simple como pueda ser la ropa o los cánones de belleza femeninos que, inexorablemente, determinan medios de comunicación dirigidos por varones.

 

Iº.- EL LENGUAJE COMO HERRAMIENTA DE DISCRIMINACIÓN.[1]

Con escasas dudas, me permito afirmar que el lenguaje es como un irregular, pero también metódico, vidrio que se interpone entre la realidad y nuestra percepción de ella, provocando que ésta se nos refleje desdibujada, confusa o mutilada. Un caso paradigmático de este uso espurio del lenguaje se produce con respecto a la violencia contra las mujeres. Veremos, más adelante, que la “invisibilidad” forma parte del núcleo fundamental de este fenómeno y dentro de ese concepto esencial, sin ninguna duda, la multiplicidad de denominaciones de la violencia contra las mujeres se constituye como una de las más efectivas herramientas para que, en definitiva, tanto el maltrato y la agresividad como la discriminación y el desvalor que esta violencia casi siempre conlleva esté presente entre todos nosotros y que no logremos percibirla adecuadamente. En este breve texto me limitaré simplemente a recopilar diferentes definiciones, más o menos oficiales y más o menos aceptadas, de la “Violencia contra las Mujeres”.

Con similar convicción como reflexión y energía tengo de rechazar el término de “Violencia de Género”, que se utiliza en multitud de idiomas para referirse a la violencia que padecen un gran número de mujeres. En efecto, basta con mirar cualquier enciclopedia, para entender que el término “género”, en medicina[2] se refiere al conjunto que forman varias “especies”, aunque el homo sapiens[3] solamente tenga una; el “género humano”. Desde otra vertiente, la gramatical, el “género” es una característica arbitraria de los sistemas lingüísticos y constituye, simplemente, una clasificación nominal que, en las lenguas indoeuropeas habitualmente fluctúa entre dos y tres; normalmente masculino, femenino y neutro[4]. El género es, tan sólo, un componente de la lingüística de cada idioma referido, habitualmente, a cualquier objeto o calificación, y no guarda ninguna conexión, directa o necesaria, con el sexo biológico[5].

La realidad es que el término inglés “gender-based violence” o “gender violence” se universalizó y fue difundido a raíz del “Congreso sobre la Mujer”, celebrado en Beijing en 1995, bajo los auspicios de la ONU y conviene destacar que, en el idioma inglés, está acreditado que, desde tiempo atrás, se viene produciendo un uso traslaticio de la palabra “gender” como sinónima de “sex”. Pero es que basta con mirar un manual de gramática para saber que en muchos idiomas, los conceptos y los objetos inanimados se diferencian, entre otras cualidades, por su género, mientras que los seres vivos, en su mayoría, se distinguen por su sexo. Por ello, deviene evidente que los seres humanos –como particulares componentes del “género humano”--, difícilmente tendrán, individualmente, género, sino, más bien, sexo. En cierto modo, resulta que, a veces, es difícil comprender exactamente lo que se entiende por el término “género”, y en qué difiere del, muy relacionado con él, término “sexo”. “Sexo”, en el sentido común de la palabra, hace referencia a las características biológicas y fisiológicas que definen a hombres y a mujeres, mientras que “género” se refiere a los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades, y los atributos que una sociedad determinada considera apropiados para hombres y mujeres.

En la realidad cotidiana, es axiomático que el sexo, en cada persona, se traduce en una determinada identidad sexual, traducida en la conciencia propia e inmutable de pertenecer a un sexo u otro, es decir, ser mujer o varón. En dicha identidad sexual, están implicados multitud de factores, entre los que podemos destacar el psicológico, sociológico y biológico y -dentro de este último- el gonadal, cromosómico, genital y hormonal. En definitiva, los humanos, desde el punto de vista lógico, gramatical y médico nos diferenciamos y definimos por el sexo[6].

Dejemos, pues, de hablar de “Violencia de Género” y, en cierto modo, tratar a la mujer, más como un objeto, que como una persona.

 

IIº.- LAS MULTÍVOCAS DEFINICIONES DE LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER.

Después de estas iniciales acotaciones lingüísticas, pasemos a analizar algunas definiciones transnacionales del poliédrico concepto de la “Violencia contra las Mujeres”. Primeramente y, considerándola como la definición oficial, hay que señalar que la “Plataforma de Acción de Beijing”[7], en 1995, definió la expresión violencia contra la mujer como “…todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada...”. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas, en el artículo primero de la “Declaración para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”, a la que se refiere la Resolución 48/104 del 20 de diciembre de 1993, de la Asamblea General de la ONU[8], define la violencia contra las mujeres con estas palabras “…a los efectos de la presente Declaración, por “violencia contra la mujer” se entiende todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada…” y, seguidamente, su artículo segundo, dice que; “…se entenderá que la violencia contra la mujer abarca los siguientes actos, aunque sin limitarse a ellos:… …a) La violencia física, sexual y sicológica que se produzca en la familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales nocivas para la mujer, los actos de violencia perpetrados por otros miembros de la familia y la violencia relacionada con la explotación;… …b) La violencia física, sexual y sicológica perpetrada dentro de la comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros lugares, la trata de mujeres y la prostitución forzada;… …c) La violencia física, sexual y sicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra…”.

La Organización Mundial de la Salud, en su documento sobre “La Incorporación de la Perspectiva de Género” de Noviembre de 2006, efectúa, a este respecto, el siguiente análisis: “...es el proceso de evaluación de las consecuencias para las mujeres y los hombres de cualquier actividad planificada, inclusive las leyes, políticas o programas, en todos los sectores y a todos los niveles… …es una estrategia destinada a hacer que las preocupaciones y experiencias de las mujeres, así como de los hombres, sean un elemento integrante de la elaboración, la aplicación, la supervisión y la evaluación de las políticas y los programas en todas las esferas políticas, económicas y sociales, a fin de que las mujeres y los hombres se beneficien por igual y se impida que se perpetúe la desigualdad…”[9]. Por su parte, también la OMS dice, a este respecto, que la “…violencia contra la mujer y la niña es un importante tema de salud y derechos humanos. Tomando como referente la población femenina mundial, por lo menos una de cada cinco mujeres ha sido maltratada física o sexualmente por un hombre o varios hombres en algún momento de su vida…en todo el mundo, se ha calculado que la violencia contra la mujer es una causa de muerte e incapacidad entre las mujeres en edad reproductiva tan grave como el cáncer y es una causa de mala salud mayor que los accidentes de tránsito y la malaria combinados…”.

En 1993 la Conferencia Ministerial Europea del Consejo de Europa sobre la “Igualdad entre Hombres y Mujeres” celebrada en Roma[10], adoptó una definición más descriptiva de la violencia contra las mujeres que englobaba la violencia física, sexual y psicológica empleada por hombres contra mujeres jóvenes o adultas en la familia, en el lugar de trabajo o en la sociedad, incluyendo los malos tratos físicos, la mutilación genital y sexual, el incesto, el acoso sexual, el abuso sexual, el tráfico de mujeres y la violación. Casi 10 años después, la Recomendación 5ª del documento denominado “Protección de las Mujeres contra la Violencia”[11], aprobado por el Comité de Ministros del Consejo de Europa, en fecha 30 de abril de 2002, mantiene, en el Apéndice a dicha Recomendación, que el término “Violencia contra la Mujer” debe entenderse “…como cualquier acto violento por razón del género que resulta, o podría resultar, en daño físico, sexual o psicológico o en el sufrimiento de la mujer, incluyendo las amenazas de realizar tales actos, coacción o la privación arbitraria de libertad, produciéndose éstos en la vida pública o privada…” dicho texto continúa diciendo que “…ello incluye, aunque no se limita, a lo siguiente:

a)    violencia que se produce en la familia o la unidad doméstica, incluyendo, entre otros, la agresión física y mental, el abuso emocional y psicológico, la violación y abusos sexuales, incesto, violación entre cónyuges, compañeros ocasionales o estables y personas con las que conviven, crímenes perpetrados en nombre del honor, mutilación genital y sexual femenina y otras prácticas tradicionales perjudiciales para la mujer, como son los matrimonios forzados,

b)    violencia que se produce dentro de la comunidad en general, incluyendo, entre otros, la violación, abusos sexuales, acoso sexual e intimidación en el trabajo, en las instituciones o cualquier otro lugar, el tráfico ilegal de mujeres con fines de explotación sexual y explotación económica y el turismo sexual,

c)     violencia perpetrada o tolerada por el Estado o sus funcionarios, violación de los derechos humanos de las mujeres en circunstancias de conflicto armado, en particular la toma de rehenes, desplazamiento forzado, violación sistemática, esclavitud sexual, embarazos forzados y el tráfico con fines de explotación sexual y explotación económica…”.

En el texto transcrito anteriormente ya se están configurando, como veremos más adelante, dos elementos realmente diferenciadores y exclusivos de la violencia contra las mujeres, como son;

a)    el control y

b)    el hábito.

El documento “Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Colaboración del Hombre y la Mujer en la Iglesia y en el Mundo”[12], confeccionado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, como voz autorizada del Estado Vaticano, con muy complejos fundamentos, mantiene que “…toda perspectiva que pretenda proponerse como lucha de sexos sólo puede ser una ilusión y un peligro, destinados a acabar en situaciones de segregación y competición entre hombres y mujeres, y a promover un solipsismo, que se nutre de una concepción falsa de la libertad… …sin prejuzgar los esfuerzos por promover los derechos a los que las mujeres pueden aspirar en la sociedad y en la familia, estas observaciones quieren corregir la perspectiva que considera a los hombres como enemigos que hay que vencer… …la relación hombre-mujer no puede pretender encontrar su justa condición en una especie de contraposición desconfiada y a la defensiva… …es necesario que tal relación sea vivida en la paz y felicidad del amor compartido…”.

 

*****

 

Fuera del ámbito oficial, es de destacar que la “National Organization for Women”, en los Estados Unidos de América, estructura un enfoque de la violencia contra la mujer desde estas premisas; “…hay muchos aspectos relacionados entre sí en esta cuestión; violencia doméstica, agresiones sexuales, acoso sexual, violencia en clínicas de aborto; delitos y odio por razón de género, sexualidad y raza; prejuicios de género en el sistema judicial que victimiza aún más a las supervivientes de violencia… …todos los cuales provocan un resultado en la sociedad relativo a diferenciadas actitudes hacia las mujeres y a esfuerzos para “mantenerlas en su sitio”…”[13]. Por su parte, el meticuloso análisis que efectúa el texto titulado “La Violencia contra las Mujeres: Responde el Sector de la Salud[14] de Marijke Velzeboer, Mary Ellsberg, Carmen Clavel-Arcas y Claudia García-Moreno que sostiene que esta violencia “…abarca muchos tipos de comportamientos físicos, emocionales y sexuales nocivos para las mujeres y las niñas, que son practicados con más frecuencia por miembros de la familia, pero a veces también por extraños... … la violencia basada en el género es un problema complejo que no puede ser atribuido a una sola causa… …es un problema que obedece a múltiples causas, influido por factores sociales, económicos, psicológicos, jurídicos, culturales y biológicos…”.

En la línea clarificadora del documento anteriormente citado, “Protección de las Mujeres contra la Violencia”, destacaremos que, en el año 2000, Ángeles Álvarez[15] y otras autoras definen que el “…maltratador es fundamentalmente un controlador, por ello es conveniente definir el maltrato como un proceso. Este concepto es lo que diferencia de hecho la agresión (definida por la lesión que provoca) del maltrato (que implica y requiere continuidad). Por lo tanto, el maltrato siempre es habitual…”. En esta definición se manejan muy correctamente dos elementos diferenciales que no son, para nada, irrelevantes:

a)                  se diferencia la “agresión” del “maltrato” y

b)                 se define el maltrato como un proceso.

También conviene destacar algunos estudios transculturales, antropológicos y etnográficos relativos a la violencia contra la mujer, como el de Levinson (1989) y la revisión de catorce culturas efectuada por Counts, Brown y Campbell (1992) que señalan la interconexión entre costumbres sociales y culturales con la aceptación y promoción de la violencia contra la mujer. Las culturas con una “configuración patriarcal” de la estructura social son también aquellas que poseen los niveles globales de violencia contra la mujer más elevados (Campbell, 1985). Por su parte, Counts, Brown y Campbell observaron que la existencia de “sanciones” contra la conducta masculina violenta y de “santuarios” o “espacios protegidos” para las mujeres víctimas de violencia dificulta la misma. Resultando, además, que sí dos o tres de los factores referidos interactúan conjuntamente (por ejemplo, cuando la familia o la comunidad pueden intervenir en las disputas o en la violencia matrimonial y el patrilinaje no es una estructura social absoluta) ello, siempre, se traduce en niveles inferiores de violencia[16].

Un último punto de vista, frecuentemente olvidado pero muy a tener en cuenta, es el de la mujer como víctima en la guerra. A este respecto recordemos algo tan evidente como que, en conflictos bélicos de todo el mundo[17], las mujeres son las que, habitualmente, generan y componen los grupos de presión más efectivos para promover la conciliación[18] y, sin embargo, insistentemente se repite la paradoja de que, casi siempre, quedan excluidas de las negociaciones o de las iniciativas de paz formales. Bien podríamos recoger otras definiciones del concepto de “Violencia contra las Mujeres”, elaboradas desde multitud de vertientes como la económica, la laboral, la de explotación sexual, la de las diversas discriminaciones… pero éstas no van a ser, específicamente, objeto de este estudio que quiere limitarse a la mujer como víctima del maltrato con origen en una configuración social “patriarcal” o con el término, mucho más impreciso, de “machista” que caracteriza casi todas las estructuras sociales vigentes en el planeta y que se constituye como una conducta de control y con agresiones, de muy diversa etiología, pero siempre continuadas o habituales, cuyo fin es el depravado apoderamiento de la Personalidad y Dignidad de la Mujer.

 

IIIº.- HACIA UNA DEFINICIÓN ÚNICA.

La “Declaración y Programa de Acción de Viena”[19], producto de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, que se llevó a cabo en Viena del 14 al 25 de junio de 1993, en los párrafos 36, 38 y 39, pide “…encarecidamente que se conceda a la mujer el pleno disfrute en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos y que ésta sea una prioridad para los gobiernos y para las Naciones Unidas… …señala en especial la importancia de la labor destinada a eliminar la violencia contra la mujer en la vida pública y privada, a eliminar todas las formas de acoso sexual, la explotación y la trata de mujeres, a eliminar los prejuicios sexistas en la administración de la justicia y a erradicar cualesquiera conflictos que puedan surgir entre los derechos de la mujer y las consecuencias perjudiciales de ciertas prácticas tradicionales o costumbres, de prejuicios culturales y del extremismo religioso… …insta a los Estados a que combatan la violencia contra la mujer de conformidad con las disposiciones de la declaración… …insta a la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, encubiertas o palmarias… …se insta a los Estados a que retiren todas las reservas que sean contrarias al objeto y la finalidad de la Convención…”.

Recordemos, además, que la “Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer”, conocida como la “Convención de Belém do Pará”[20] reconoce, en los artículos 7 y 8 que “…la eliminación de la violencia contra la mujer es condición indispensable para su desarrollo, individual y social y su plena e igualitaria participación en todas las esferas de vida…y establece los deberes de los Estados al respecto…”.

Las anteriores definiciones, concepciones y estrategias, carentes de una línea unificadora e, incluso, con importantes desencuentros, indican la perentoria necesidad de consolidar conceptos, políticas y soluciones. Está claro que la violencia contra las mujeres es algo que no se refiere o afecta ni a una cultura, ni a un tiempo, ni a un lugar; afecta a toda la humanidad, en el sentido más extenso del término. Pese a todo, el que escribe el presente texto es de la opinión de que nos hallamos muy próximos a una definitiva devaluación de las lamentables condiciones que padecen millones de mujeres en todo el planeta y, al mismo tiempo, considero, desde mi modesta óptica, que resulta, desde ya, prioritario coincidir en una definición única y universalmente válida para este estigma de la humanidad.

De manera provisional, lo correcto será asumir el concepto elaborado por la “Plataforma de Acción de Beijing” que, repetimos, definió la expresión violencia contra la mujer, en su artículo 113, como;

“…todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada. Por consiguiente, la violencia contra la mujer puede tener, entre otras, las siguientes formas:

a) La violencia física, sexual y psicológica en la familia, incluidos los golpes, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital y otras prácticas tradicionales que atentan contra la mujer, la violencia ejercida por personas distintas del marido y la violencia relacionada con la explotación;

b) La violencia física, sexual y psicológica al nivel de la comunidad en general, incluidas las violaciones, los abusos sexuales, el hostigamiento y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros ámbitos, la trata de mujeres y la prostitución forzada;

c) La violencia física, sexual y psicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra…”.

Esto es sólo un principio más teórico que práctico y la referida definición puede ser perfeccionada y concretada, sin desmerecer, por ello, su valor. Y es que lo que no podemos olvidar, por ejemplo, que la estructura social del Pareiarcado o las concepciones de superioridad de los valores del representan todavía hoy, un degenerado modelo de comportamiento a seguir por los varones, por lo que definir la auténtica realidad de algo tan asumido como “normal”, “corriente” e, incluso, “adecuado” por una gran parte de la humanidad, choca, frontalmente, con casi infranqueables barreras, que perviven, casi inalterables en la actualidad en todas las culturas hegemónicas del planeta. En el presente texto no se pretende intentar, ni de lejos, una definición universalmente válida, pero sí, por el contrario, se ha pretendido constatar la diferenciada configuración de la violencia contra las mujeres y la perentoria necesidad de una unidad del concepto de la violencia contra la mujer a fin de atajarlo convenientemente.

 

Ramón Maciá Gómez

Magistrado Jubilado

Febrero de 2010

themis@ramonmacia.com

 


 

[1] Decía John Stuart Mill (1806-1873) en su texto “La Esclavitud Femenina” que “…las mismas palabras de que necesito valerme para descubrir mi propósito, muestran la dificultad. Pero sería grave equivocación suponer que la dificultad que he de vencer es debida a la inopia o a la confusión de las razones en que descansan mis creencias; no; esta dificultad es la misma que halla todo el que emprende luchar contra un sentimiento o una idea general y potente. Cuanto más arraigada está en el sentimiento una opinión, más vano es que la opongamos argumentos decisivos; parece como que esos mismos argumentos la prestan fuerza en lugar de debilitarla…”.

[2] La definición médica de la palabra “género”, según el Diccionario Médico Mosby, es la “…subdivisión de una familia de animales o plantas. Un género suele estar compuesto por varias especies íntimamente relacionadas, aunque el género Homo Sapiens sólo tenga una: el ser humano…”. En dicho Diccionario, la palabra “sexo” se define como la “…clasificación en macho o hembra basada en numerosos criterios, entre ellos las características anatómicas y cromosómicas…”.

[3] Que bien pudiera denominarse, científicamente, persanae sapiens

[4] En otras lenguas, como las lenguas bantúes, el número de géneros supera la decena.

[5] Fraser, y otros (Andrea D’Altri, por ejemplo) sostienen, con diferenciado criterio, que “…la diferencia alrededor del concepto de género plantearía la diferencia entre mujeres y varones…para las feministas de la igualdad, la conceptualización del género como social, no determinado por la anatomía, suponía el rechazo del determinismo biológico del “sexo” o la “diferencia sexual” utilizados habitualmente para justificar la discriminación de las mujeres…”.

[6] Si bien ello no implica que dentro de los dos sexos –masculino y femenino-- existan orientaciones o atracciones sexuales diferenciadas, o que la homosexualidad y el lesbianismo son elementos de la Personalidad plenamente normales.

[8] Se puede leer el texto íntegro de esta Declaración de las Naciones Unidas en; http://www.unhchr.ch/huridocda/huridoca.nsf/(symbol)/a.res.48.104.sp?
opendocument

[12] Véase la web de internet que contiene el documento completo y que se encuentra en; http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_
con_cfaith_doc_20040731_collaboration_sp.html

[13] Véase en internet; http://www.now.org/

[16] Según expone el estudio de Claudia García-Moreno presentado en la reunión “Nuevos Desafíos de la Responsabilidad Política”, Buenos Aires, Argentina, 30 de noviembre, 1° y 2 de diciembre de 2001.

[17] Véase el texto de Amnistía Internacional que lleva por título “Crímenes contra Mujeres en el Contexto de los Conflictos Armados”.

[18] Existe una vinculación ancestral de los conceptos guerra-virilidad que tuvieron como consecuencia la asociación feminismo-pacifismo. En 1.938 Victoria Wolf publicó “Tres Guineas” obra que habla de los conceptos guerra-virilidad y relaciona el feminismo con el pacifismo y antifascismo.

 

 

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