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VIOLENCIA CONTRA LA MUJER, PATRIARCADO Y

MACHISMO.

 Iº.- LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER.

La violencia contra la mujer no es fenómeno propio de nuestra época ni exclusivo de determinadas culturas; es un anómalo conjunto de conductas que se produce en el género humano desde tiempos tan pretéritos como lugares o ámbitos tan universales. Muchas mujeres han sufrido, y sufren en la actualidad, una tangible diferencia en cuanto obligaciones y derechos respecto al hombre, sometidas a cierta discriminación que limita o anula su independencia y autonomía; en pocas palabras, padecen un permanente atentado tanto contra su propia Personalidad como contra su Dignidad y, esto ocurre, en medio de una silenciosa complicidad en la que todos, en mayor o menor grado, colaboramos.

Nos hallamos ante una violencia constituida, previsible y evitable, al tiempo que arraigada y tolerada por una “Sociedad de estructura Patriarcal”, uno de cuyos elementos y objetivos es, precisamente, el de mantener a la mujer en una patente situación de privación de derechos y expectativas dentro de su entorno social.

La arqueóloga española Sra. De Pedro, en el ámbito de la Exposición “Las mujeres en la Prehistoria”, en 2.009, analizó tres cráneos de mujeres, hallados en España y datados en la Edad del Cobre (hacia el año 3.000 antes de Cristo) y dedujo que fueron víctimas de similares y simultáneas agresiones que “…les causaron la muerte…” ya que las tres presentaban fisuras óseas procedentes de heridas sin cerrar que, difícilmente otro animal que no fuera un humano, les hubiera podido causar. A este respecto, no podemos olvidar que, en aquel tiempo, el uso de las armas estaba reservado a los machos del género humano y que el hombre y la mujer de esa época se estructuraban ya en una sociedad en la que los papeles estaban claramente distribuidos;

a)  las mujeres se ocupaban del hogar, criaban a los hijos y cuidaban de los enfermos y, por su parte,

b)  los varones efectuaban labores referidas a la caza y la pesca.

Algunos planteamientos, de escasa o nula acreditación, pretenden convencer de que la violencia contra las mujeres tiene su origen en este reparto de las labores que provocaba, y se traduce hoy, en que la mujer domina, con acreditada superioridad, la esfera de la comunicación verbal, mientras que el varón se mueve, esencialmente, en el ámbito de acciones, que implican cierto uso de la fuerza, debido ello a esta distribución de funciones y al consecuente desarrollo de las cualidades precisas para su ejecución. Bajo esa premisa creíble se quiere deducir que el maltrato hacia una mujer es producto de una primitiva “forma de expresión” o una “forma de comunicación”, entre los sexos. Esta justificación resulta, simplemente, aberrante.

Sin embargo no podemos dejar de destacar algo; de forma repetida y similar, en los prolegómenos y en la misma acción de muchas agresiones, el varón, antes de utilizar la intimidación o la fuerza bruta previamente anula todo tipo de diálogo, de expresión o verbalización a su víctima femenina. Por el contrario, cuando se produce un acto violento agresivo entre dos varones suele ir precedido de una expresión de su inminente conducta, justificación vengativa en forma, por ejemplo, de amenazas, insultos o de reto. Es decir que, con anterioridad al propio acto de violencia contra la mujer el varón precisa de una inicial anulación de ciertas cualidades, en este caso de la posibilidad de expresión de su víctima y, además, solamente “ejecuta acciones violentas” sin emitir razonamiento alguno y limitando su expresión verbal a frases muy cortas y estereotipada.

 

IIº.- LA “VIOLENCIA CONTRA LA MUJER” COMO UNA CONDUCTA ESPECÍFICAMENTE ESTRUCTURADA.

Es innegable la doble consideración de que existe cierta confluencia en todas las formas de la violencia contra las mujer y que la misma viene ligada a determinadas características del agresor. En base a esta afirmación, seguramente, resultarán veraces y constatables los siguientes postulados;

a) sobran estudios estadísticos y datos paradigmáticos para asegurar que la violencia contra las mujeres es un fenómeno propio de casi todas las “sociedades patriarcales”,

b) esta violencia no sólo tiene su base en rasgos degenerados de ciertos individuos, sino que, más bien, se asienta en las formas culturales imperantes al definir las identidades y las relaciones asignadas a los hombres y a las mujeres en la sociedad que, genéricamente, se engloban bajo el amplio concepto de “machismo”,

c) no hay duda alguna de que existen determinados entornos sociales que ocultan, disculpan o permiten la violencia contra las mujer proporcionando, a menudo, al agresor una artificiosa legitimidad,

d) la cultura patriarcal, que distribuye diferenciados roles a mujeres y hombres está, ciertamente, muy relacionada con la violencia contra las mujeres y, por ello, debiera de ser perseguida y sancionada en base a los Derechos Fundamentales de “Igualdad ante la Ley” y el de “Igualdad de Oportunidades”[1], reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y

e) el machismo puede ser, exclusivamente, una forma de pensar amparada por la libertad ideológica de la citada Declaración Universal[2] que no implica, ineludiblemente, ninguna lesión física o psíquica.

Las anteriores consideraciones podrán adquirir cierta cobertura y solidez, al tiempo que serán tan reveladoras como comprensibles, si se complementan con el análisis de la violencia contra las mujeres que, seguidamente, efectuaremos siguiendo las elaboradas tesis y las muy acreditadas conclusiones de la profesora Lenore Walker[3], profesora y doctora por la Universidad de New Jersey. Coincidiendo con ella yo considero que la “Violencia contra la Mujer” no es ni un acto concreto, ni tampoco un resultado tasado previamente, sino el desarrollo específico de una actividad estructurada y progresiva que, escuetamente, se divide en los tres momentos delictivos, que paso a exponer:

PRIMERA FASE.- Todo se inicia con una conducta casi imperceptible que consiste en concretas injerencias, sin graves ni exteriorizadas repercusiones, en la esfera de la libertad personal de la víctima, pero que resultan ser tan metódicas y progresivas como eficaces y crueles. Esta fase, que en términos de Lenore Walker, se denomina “acumulación de la tensión” tiene la característica esencial de la gradual limitación y la progresiva desestructuración de las cualidades ligadas a la personalidad, (dignidad, libertad, honor, autoestima…) de la mujer elegida como víctima que suele ser única y concreta. Esto, habitualmente, se efectúa sin imposición o coerción violenta alguna, sino mediante una conducta invasiva de la esfera privada de la mujer, más o menos perceptible desde que se inicia la relación emocional. En esta fase, nunca se llegará, porque el agresor no lo pretende, ni a un dominio total de la conducta de la mujer, ni al uso de la fuerza física. Mas bien al contrario el varón evitará, impedirá, tanto ese resultado de dominio, como la ejecución de toda conducta descarada y notoriamente agresiva, aunque la futura víctima lo ponga a su alcance, o, tal vez, lo propicie. Aquí solamente se trata de deteriorar la integridad moral de la mujer; nada más pero, tampoco, nada menos.

SEGUNDA FASE.- La segunda fase es la llamada del “estallido de la tensión”, que se materializa en actos de contenido normalmente intimidatorios, violentos o agresivos que acontecen con una frecuencia siempre progresiva y de forma inopinada (en el tiempo y en la causalidad) y que se habrán de concretar, ya de forma apreciable o exteriorizada, en maltratos y actos violentos. Y siempre, repito, de modo sorpresivo, inesperado e insospechado por la mujer y víctima. En esta fase, no hay que confundirse; el principal elemento es la continuada y progresiva ejecución de “actos de control” y nunca los resultados lesivos que se puedan ocasionar, todo ello, hasta alcanzar el dominio, mas notorio que silente, de la personalidad ajena.

TERCERA FASE.- La tercera y última fase, siguiendo a la profesora Walker, es la del “arrepentimiento y perdón”. Esencialmente consiste en una estrategia del agresor, cuyo objetivo es continuar con la situación de dependencia/dominación ya generada en las dos primeras fases, y asimismo también lograr evitar que se ponga fin a su conducta mediante la denuncia policial de los hechos. Su esencial finalidad siempre es obtener y mantener lo que definitivamente, es el núcleo central de su delito; “el dominio continuado de la personalidad y de la dignidad de su víctima”. Se exterioriza en actos de arrepentimiento del agresor, en promesas de modificación de la conducta o en regalos y halagos a la víctima. Aunque así lo hayamos denominado sobra decir que aquí no hay, ni por asomo, ningún tipo de arrepentimiento, sino una cuidadosa ficción del mismo con una repugnante y aterradora finalidad.

Estas características estructurales, de naturaleza nociva y perjudicial para la convivencia social –y, seguramente, no el simple machismo- son las que, a mi parecer, fundamentan que algunos individuos ejerzan, con cierto grado de impunidad, actos que efectivamente conculcan diferentes derechos de una mujer. Resulta que la vigente estructura social patriarcal demuestra que, cuando un varón golpea a una mujer, casi siempre, al mismo tiempo, está considerando a la misma como “algo de su pertenencia” y carente de otros derechos que no sean los que él quiera otorgarle; llegando, en ocasiones, a “cosificarla”.

Aquí ya entramos en el asunto central de estas líneas; el machismo y el patriarcado.
 

IIIº.- EL “MACHISMO”.

El machismo es un fenómeno que abarca factores de tan diversa índole, que siempre resultará tan ingenuo como inútil intentar lograr una definición o una descripción de su naturaleza o bien los mecanismos por los cuales se perpetúa o también las razones de su origen. La visión, la descripción, que, ahora, voy a hacer es la de “actitud” o “esquema de conductas”, que se sintetiza en los siguientes términos; en las sociedades modernas las actitudes machistas tratan de justificar la mayor comodidad y bienestar de los hombres que, tradicionalmente, han tenido mayor poder y estatus. O, desde otro punto de vista, dicho en palabras de Virginia Woolf (1882-1941); “…las mujeres han actuado de espejo durante siglos debido a la magia y al delicioso poder de saber reflejar la figura del hombre al doble del tamaño natural…”. Vulgarmente, se entiende por “machismo” la actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres (según definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).

Lo anteriormente escrito significa -además del acusado grado de holgazanería y egoísmo que se esconde tras el machismo que el propio concepto encubre- en realidad, dos aspectos o configuraciones bien diferenciados:

1º.- El de una ideología o una forma de pensar que se fundamenta en la consideración de cierta incapacidad o de una inferioridad del sexo femenino respecto al masculino.

2º.- Un conjunto de conductas exteriorizadas que traducen la anterior ideología mediante diversidad de actos o conductas antisociales o delictivas, como son la discriminación, las vejaciones, el maltrato o la agresión hacia el sexo femenino.

Pues bien, la primera concepción, la del machismo como planteamiento ideológico, nunca merecerá más que una divergencia o una crítica fundada y es que, no hay que olvidar, algo tan obvio como lo que decían ya los romanos “cogitationes poenam nemo patitur”, es decir, que “el pensamiento no delinque”. Allá cada uno con las distorsiones que realice de la realidad, siempre y cuando no perjudiquen a terceros. Aunque resulte evidente que el machismo se presenta, a menudo, con una clara sospecha de estulticia, mientras no se traspase la barrera del mero pensamiento, de la mera ideología, no podemos, ni debemos, reprimir el “pensamiento machista”, tan arraigado en nuestra sociedad; como no lo hacemos con las diferenciadas opciones del pensamiento feminista.

Dicho lo anterior, hay que hacerse una pregunta; ¿la violencia contra las mujeres es siempre producto de una concepción machista de la realidad? Pues no. No es, al menos para mí, el machismo la exclusiva razón de los delitos de violencia contra las mujeres. Hay muchas expresiones del machismo que no se significan por la violencia o el maltrato a la mujer, sino simplemente por una actitud de pretendida superioridad del sexo masculino. Pensar y repetir, en cada viaje, que “mujer tenía que ser” cuando se adelanta a una cuidadosa conductora no implica peligro alguno, excepto para el que, imprudentemente, está efectuando un adelantamiento en carretera. También otros que presumían de esmerada formación intelectual, vasta cultura y tutela divina opinaban que la tierra era plana y que era el sol el que giraba alrededor de la misma; el tiempo pondrá a cada uno en su sitio. En otras palabras; el machismo no precisa, necesariamente, de actos violentos para su expresión social o privada.

 Por ejemplo, las concepciones de la realidad que se hacen, con mucha frecuencia, desde algunas religiones son, ciertamente, coincidentes con algunas ideas machistas, pero eso no significa que el Santo Padre permita el maltrato a las monjas. También es machista el sistema sucesorio de ciertos Estados monárquicos, pero ello nunca se traduce en violencia, agresividad o insulto alguno hacia las Princesas. El cambio de apellidos de la mujer, tras contraer matrimonio, es otra norma social claramente machista pero no implica que, en la luna de miel, todos los maridos propinen palizas a la que, desde entonces, lleva su apellido.

Algo muy contradictorio hay en la especulación de que agredir física, psíquica, sexualmente... a una mujer mantenga una inquebrantable conexión con el machismo. Veamos un ejemplo; con cierta asiduidad, la práctica diaria policial delata a ciertos agresores conyugales que, al tiempo de golpear a su esposa, se encargan del cuidado de la prole, la cocina y la limpieza del hogar; resulta que estos actos, contradictorios entre sí, indican, claramente, que puede no ser el machismo la causa de esas agresiones conyugales por las que se le va a juzgar.

Yo discrepo cuando toda violencia o toda agresión sexual se engloban dentro de “la conducta machista”, si ello se hace sin una fundamentada argumentación[4]. ¿Qué pasa sí el violado o agredido es un varón o un niño? O, desde otro punto de vista ¿qué pasa sí la violencia contra las mujeres se produce en el ámbito de una pareja de lesbianas u homosexuales?. O, por ejemplo, ¿la desobediencia a un policía varón o a una policía femenina, deben de contemplarse como delitos diferentes? Para mi entender, paradójicamente, es muy fácil apreciar que determinados menosprecios a las Agentes de la Autoridad, a las Funcionarias Públicas o a las Autoridades (cuando son mujeres) son solamente fruto de una concepción machista del poder, pero nunca podrán ser delitos diferenciados.

Como conclusión, hemos de descartar, con cierta asertividad, que el machismo tenga que ser la ideología en la que se amparan todas y cada una de las agresiones a las mujeres. Y, de hecho, resulta tan lamentable como impresentable que, en demasiadas ocasiones, el varón machista, en cierta medida, es un subproducto de una cultura o un entorno cultural y no de una voluntad consciente cuando expresa determinadas creencias vejatorias para la mujer. En definitiva, como ya hemos repetido varias veces no es el machismo el patrón cultural que fundamenta la violencia contra las mujeres sino que, con mayor certidumbre, es el patriarcado o patrilinaje lo que genera y hace perdurar la misma, de ello seguiremos hablando ahora.

 

IVº.- EL PATRIARCADO.

Según cualquier enciclopedia por Patriarcado se entiende la estructura social en la que el varón ejerce la autoridad en casi todos los ámbitos esenciales de la comunidad a la vez que la transmisión del poder se efectúa por línea masculina o patrilineal y se identifica como la forma de familia centrada en el pa­dre o marido, al cual corresponde la autoridad, y al que va ligada la transmisión (patrilinealismo) y el lugar de residencia (patrilocalismo). Su origen, probablemente, se remonta a la aparición de la agricultura y de la propiedad privada, que configuraron formas sociales más complejas, en las que las actividades de poder, bélicas, económicas y sociales, pasaron a ser competencia, casi exclusiva, del varón.

La organización patriarcal se caracteriza, entre otras cuestiones;

1º.- por la existencia de familias tuteladas por un varón, habitualmente el de más edad,

2º.- la posición secundaria y subordinada de la mujer,

3º.- la transmisión por línea masculina de bienes materiales y privilegios sociales o patrilinaje,

4º.- una concepción generalizada de inferioridad del sexo femenino,

5º.- cierta frecuencia de actos relativos a violencia contra las mujeres, casi siempre permitidos por la comunidad y, en ocasiones,

6º.- por la existencia de familias poligámicas.

Se puede apreciar la rotundidad del dominio del Patriarcado en el siguiente gráfico que viene a relacionar la residencia que adopta la familia patrilineal lo que se traduce en un evidente indicio de estructura social patriarcal:

RELACIÓN ENTRE RESIDENCIA POS MARITAL Y FILIACIÓN

Tipo de filiación

Matrilocal

Avunculocal

Patrilocal

Otras

Totales

Patrilineal

1 (0,13%)

0

563 (74,87%)

25 (3,32%)

588 (78,32%)

Matrilineal

53 (7,05%)

62 (8,24%)

30 (3,99%)

19 (2,52%)

164 (21,68%)

Destaquemos también que el Patriarcado, por su propia esencia y sin necesidad de otros elementos es siempre un factor  que mantiene cierto grado de subordinación de la mujer y que, resulta obvio, que la mujer subordinada deviene siempre vulnerable, por lo que tendremos que presuponer, con cierta contundencia, que la violencia contra la mujer asienta su origen en una mujer vulnerable, es decir, en el Patriarcado y no, simplemente, en una mujer que se quiere definir como incapaz de ser titular de unos plenos derechos y facultades, que es lo que, a la postre, viene a ser el Machismo.

Estas características estructurales, de naturaleza nociva y perjudicial para la convivencia social -y no el simple machismo- son las que, a mi parecer, fundamentan que algunos individuos ejerzan, con cierto grado de impunidad, actos que efectivamente conculcan diferentes derechos de una mujer. Resulta que la vigente estructura social patriarcal demuestran que, cuando un varón golpea a una mujer, casi siempre, al mismo tiempo, está considerando a la misma como “algo de su pertenencia” –como decíamos antes-- y carente de otros derechos que no sean los que él quiera otorgarle; llegando, en ocasiones, a “cosificarla”.

Con similares nociones ideológicas perduró, durante milenios, la esclavitud o el racismo, por citar dos ejemplos. Ello nos puede estar indicando, también, que esta estructura patriarcal y masculinizada de la sociedad ni es propia de la naturaleza humana, ni es todopoderosa, ni es inmutable, ni es eterna.

 

V.- CONCLUSIONES.

Resulta indudable que, en la actualidad y de forma poco meditada se sobrevalora el “Machismo” como ideología o conjunto de actitudes, sin nadie quiera expresar públicamente que, por ejemplo, algunas expresiones radicales del “Feminismo” contienen un muy similar grado de discriminación sexista, nada útil para el buen desarrollo social. Al mismo tiempo se viene valorando que, de manera sutil pero contundente, es la estructura social propia del Patriarcado la que sitúa, por definición, a la Mujer en un status inferior al del varón. El Patriarcado, en cierto modo, es el “enemigo oculto” que no se deja ver en la violencia contra la mujer pero que, incuestionablemente aparece fuertemente vinculado a la misma.

En definitiva, desde mi punto de vista son las estructuras culturales patriarcales y discriminatorias --y pocas veces una visión machista de la realidad-- el verdadero objetivo, al que hay que dedicar más atención de la que se le viene dando, para acabar con la violencia contra las mujeres. Y, es que, como ya hemos dicho, la ideología machista, en base a la libertad ideológica, no se puede prohibir, pero, por el contrario sí que se debe prohibir o castigar toda conducta exteriorizada de carácter agresivo contra una mujer; y esta es, precisamente, la esencia de la cultura patriarcal, de la que el machismo es sólo un fruto podrido y apestoso.

                         

RAMÓN MACIÁ GÓMEZ

Magistrado Jubilado

themis@ramonmacia.com
www.ramonmacia.com

Publicado en junio de 2010

 


 

                [1] El artículo 7º de la anteriormente citada Declaración de Derechos Humanos dice que; “…todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación…”.

[2]  El Artículo 18 dice que: “...Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia...”

 

[3] Véase; http://www.webster.edu/~woolflm/walker.html

[4] Basta con leer las páginas 188 y siguientes del “Manual de Diagnóstico Diferencial” (DSM-IV-TR), Editorial Masson 2006, para comprobar que existen transtornos mentales relacionados con el sexo que nada tienen que ver con el machismo.

 

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